gipuzkoakultura.net

Logo de la Diputación Foral de Gipuzkoa
Logotipo gipuzkoakultura
jueves, 9 de septiembre de 2010

gipuzkoakultura - patrimonio

« Últimos días de inscripción para la excursón a Astigarraga | patrimonio | Artesano abarquero en Igartubeiti »

Relato autobiográfico de Francisco Javier Alcorta
09 de Febrero de 2009

Francisco Javier Alcorta El donostiarra Francisco Javier Alcorta visitó la exposición Los vascos y el Pacífico del Museo Naval y nos dio a conocer sus andanzas por tierras de Venezuela, Australia y Papúa Nueva Guinea en los años 50, 60 y 70. Andanzas que podemos leer en el breve relato autobiográfico, compendio de su apasionante vida de aventura y exploración, que él mismo escribió para la web del museo:

"Javier Alcorta y Jose Maria Unsain, codirector del Museo, en la exposición “Vascos y el Pacífico”.Nací en el barrio de Txomin-enea, cerca de San Sebastián, el 16 de marzo 1936. Mi padre, Eugenio, era de la Parte Vieja de Donosti. Mi madre, Fermina, procedía de Areso, Navarra. Buena gente.

En 1954, habiendo completado mi Bachillerato en el Sagrado Corazón de Sánchez Toca, zarpé a Venezuela a bordo de un carguero desde Vigo. Mi intención era adentrarme en las selvas al sur del Orinoco hasta la frontera con Brasil a buscar diamantes. Al cabo de algún tiempo encontré un compañero venezolano, Carmelo, y pasé más de dos años entre los pequeños asentamientos mineros de Ycabaru y San Elena del Uairen. No tuve comunicación con el mundo exterior durante ese tiempo. Fueron años muy duros.

Encontramos una buena cantidad de diamantes aluviales en una quebrada en el medio de la nada cerca del Monte Roraima, los vendimos a un comprador holandés, y yo volví en barco a España con una pequeña fortuna en el bolsillo. Mi intención era ayudar a mis padres y volver a ver a la joven de la que me había enamorado cuando tenía sólo 16 o 17 años, Arantxa.

Hice las dos cosas. Arantxa me juro amor eterno y yo volví a Venezuela, esta vez para trabajar en la exploración del petróleo en el borde con Colombia a un día o dos de viaje de Maracaibo. A los seis meses recibí una carta de mi novia diciendo adiós y yo seguí trabajando hasta conseguir suficiente dinero para volver a San Sebastián a reconquistar su amor.

Arantxa me juro amor eterno de nuevo. Siempre estaba jurándome amor eterno. En la víspera de Navidad de 1959 zarpé rumbo a Australia desde Bilbao a bordo del Monte Udala, un buque vasco.

Creo que es conveniente especificar aquí que no había ninguna necesidad económica para salir del País Vasco en los años 50. Las oportunidades de empleo eran grandes y la región entera estaba entrando en un periodo prolongado de expansión y prosperidad. Pero a mí me animaba un espíritu parecido a muchos vascos a través de los siglos. Yo salí en busca de fortuna, gloria y un mundo nuevo. Hoy todo eso suena ridículo, pero en mi caso es la verdad. Quiza sorprendentemente, hallé un poco de las tres cosas.

Lo que me llamaba de Australia era la idea de una nueva frontera, una utopía que me esperaba en las Antípodas muy alejada de, en mi opinión, la vieja y gastada Europa. Un sueño.

Desde que desembarqué en Port Philip Bay, el puerto de Melbourne, a finales de enero de 1960, Australia y yo comenzamos un desenfrenado affaire que ha durado hasta hoy. Es un gran país.

Fuí de Melbourne a Ingham, un pueblecito pequeño a varios miles de kilómetros en el noroeste del país, a cortar caña. Yo era el ganger (jefe) en una cuadrilla que incluía un sueco, un austríaco, un italiano y tres españoles. Allí, en septiembre, finalmente recibí una carta de Arantxa después de un silencio de varios meses. Fue una carta muy escueta porque la chica era de pocas palabras. Estaba saliendo con un joven “bien” de San Sebastián y planeaba casarse con él en una fecha próxima.

Con buen ánimo pero el corazón destrozado, marché a buscar ópalo al desértico centro de Queensland con un amigo australiano que se llamaba Alexander Holland. Todo el mundo le llamaba Dutchie por lo de Holland.

Había sido un drover, vaquero, pero sufrió una caída de caballo y tuvo que dedicarse a cosas más sedentarias. Tenía mi edad más o menos.

Pasamos un año disparando dingos (perros salvajes), canguros (porque se nos pagaba), cavando agujeros para el ópalo, y trabajando en enormes ranchos. En diciembre de 1961, por aventura y, en mi caso, por falta de otra cosa que hacer, nos unimos al ejército australiano. Seis meses después estabamos en Malasia luchando, una guerra en plena jungla contra la insurgencia comunista. Nada más llegar a ese país recibí otra misiva de Arantxa (que había conseguido mi dirección a través de mis padres) diciéndome que no se iba a casar y que seguía enamorada de mí. Yo tampoco la había olvidado.

Amplié mi servicio en Malasia a tres años para ahorrar suficiente dinero para volar a España y casarme con Arantxa. Mi servicio militar en la infantería y en misiones especiales fue muy bueno y ascendí a sargento. La memoria mas vívida de esos años fue ver desde una colina lejana el avión Hércules que tiraba en paracaídas nuestros víveres y correo, y preguntarme si esta vez habría alguna carta de Arantxa. Raramente escribía. Yo estaba sólo con un soldado inglés que se llamaba Eddie Wright buscando al líder comunista Ching Peng.

En marzo cogí un avión en Singapur y volé a Barcelona. Arantxa me esperaba. Nos casamos y volvimos juntos a Australia. Once meses más tarde tuvimos una niña. Cuatro semanas después de su nacimiento me mandaron a Vietnam.

Participé en numerosas batallas, la más señalada la de Long Tan, una plantación de caucho en la provincia de Phuoc Tuoy. Recibí una condecoración de la Reina de Inglaterra por valor en combate. Al salir del ejército en 1967 fui reclutado por el gobierno australiano para servir como Patrol Officer (oficial de patrulla) en Papua Nueva Guinea. El puesto era una combinación de administrador colonial, policía, magistrado y explorador. Tuvimos otra hija y pasamos unos años felices y excitantes en aquel país melanesio. Hoy en día una experiencia irrepetible.

En diciembre de 1973 y enero de 1974 organicé una expedición sólo a través del punto mas ancho de Papua Nueva Guinea, fronterizo con lo que se llamaba entonces Irian Jaya (Papua Indonesia). Mi expedición siguió a la famosa y desastrosa expedición americana de Rockefeller de sur a norte donde el mismo Rockefeller fue muerto por los nativos caza cabezas del Río Fly y probablemente decapitado.

Mi interés principal era hacer contacto con tres tribus nómadas, los Miyamin, Atbalmin y Telefomin. Los Miyamin y Atbalmin no habían tenido contacto previo con la civilización y la administración australiana me advirtió en escrito que los Miyamin particularmente podían ser hostiles.

La razón por la que yo estaba ansioso de establecer contacto era para estudiar sus tendencias migratorias que, a mi modo de pensar, podrían arrojar alguna luz en el origen de los aborígenes australianos.

La expedición fue llevada adelante con éxito. Quise organizar otra expedición llamada Campo Viejo y pagada por un pariente mío, Juan Alcorta, fundador de Koipe, Sabin y Bankoa, pero el gobierno indonesio no dio permiso.

Volvimos a Australia, yo me dediqué a mis estudios universitarios en Darwin, la población más norteña del país. Perdimos nuestra casa con el ciclón Tracy en Navidades de 1974 pero rápidamente salimos adelante de nuevo y yo ascendí a decano de facultad en el Darwin Community College, hoy Charles Darwin University. Fue un periodo apasionante y feliz de nuestra vida. Entramos de lleno en la reconstrucción política, económica y social del Territorio del Norte siguiendo el desastre de Tracy. Yo escribí discursos para varios líderes políticos del Territorio y de Australia y, cuando ya tenía 49 años, en News Corporation de Rupert Murdoch me reclutaron para escribir editoriales y artículos para periódicos de esa cadena, algo que hice por unos ocho años.

Nuestras hijas ya casadas, y con nietos, Arantxa y yo decidimos buscar otra frontera. Yo estaba entonces en la cima de mi vida profesional. Pero otras cosas parecían más importantes, la búsqueda de esa pieza elusiva de paraíso por ejemplo.

Así que en 1997 cargamos nuestros pocos bartulos en un Toyota Hilux y condujimos muchos miles de kilómetros a través de Australia hasta la isla de Tasmania en el sur. Allí compramos un maravilloso terreno de unos 15.000 m2 de bosque en el mismo mar y construimos una casa de soñar.

Nos esperaban los años más felices y más infelices de nuestro largo matrimonio. Arantxa enfermó y murió en casa y en mis brazos en agosto de 2003. Con ella yo pensé que también mi vida se había acabado. Fueron casi 40 años de matrimonio.

Otra mujer maravillosa, Lourdes, euskaldun como yo, me dio la oportunidad de reconstruir mi presente y mi futuro. Pero ésa es otra historia".
También El Diario Vasco tuvo la oportunidad de hablar con Francisco Javier Alcorta. Fruto de la charla es el reportaje realizado por Unai Maraña.
 
Licencia Creative Commons. Pulse aquí para leerla
2010 Departamento de Cultura y Euskera- Diputación Foral de Gipuzkoa.
Para conectar con nosotros mediante skype pulse aquí
Logotipo Gipuzkoa.net. Pulsar para ir a la página de Gipuzkoa.net