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Horóscopos astrológicos y sentido marxista de la historiaLa pretensión marxista de encerrar la historia en una fórmula ideológica guarda una estrecha relación con la visión astrológica del destino humano.En cierto modo, Marx es una especie de astrólogo moderno que ha querido echarle las cartas a la humanidad. Observemos que ésta pretensión corresponde perfectamente a la mentalidad de una gran parte de la gente. La masa es simplista, y la fórmula del materialismo dialéctico puede resultarle algo parecido a lo que eran las conjunciones y oposiciones astrales para la vieja astrología. La cuestión del destino —personal o colectivo— planteada de esa manera es una cuestión imbécil y, como dice Kierkergaard, "el que intenta contestar a una pregunta imbécil corre el riesgo de resultar más imbécil que el que la hace". La regla de oro en la historia es que no existe regla de oro. El sentido de la historia consiste únicamente en que la historia no tiene sentido —no lo tiene, claro está, para quien dé a estas palabras una interpretación racionalista. Cada verdad tiene su atmósfera y la interpretación de la historia exige ciertas categorías, que, como la Providencia divina y la libertad humana, no pertenecen a la atmósfera científica. La interpretación de la historia es un quehacer teológico, como lo era, a su manera, la actividad de los astrólogos. LOS ASTROLOGOS ANTIGUOS
Aquellos abismáticos observadores se dedicaban a espiar a simple vista los movimientos de los astros en la bóveda celeste. Encaramados en sus altas torres escalonadas escudriñaban el maravilloso cielo oriental, cuya contemplación deja grabada en las almas una profunda y misteriosa impronta. No lo hacían sólo con objeto de recrearse y satisfacer su curiosidad, como un deporte especulativo, sino sobre todo para poder tener al corriente a sus señores de cuantas novedades aconteciesen en el celeste imperio de las estrellas. Lo mismo que en China o en Egipto, los reyes se interesaban entonces
por estas cosas y confiaban su vigilancia a altos funcionarios hieráticos,
encargados asimismo de prever los eclipses, vigilar las mutaciones lunares,
anunciar las estaciones.
Pero he aquí que un buen día, apenas comenzada la guerra de los cien años, entre asirios y babilónios, allá en el tiempo de Jeroboán II de Israel, guerra que había de terminar fatalmente para Babilonia, una de aquellas augures —cuyo nombre se ha perdido entre la muchedumbre de los geniso anónimos— descubrió que también los planetas están sujetos a una periodicidad fija, que sus revoluciones responden a leyes tan inexorables como las de los demás astros, aunque mucho más complicadas que aquéllas. LA IDEA DETERMINISTA
En efecto, si todo estaba determinado en el cielo, si una necesidad ineluctable presidía todos los movimientos estelares, no podía admitirse que la vida humana escapase caprichosamente a la ley del destino. Las pequeñas trayectorias de los hombres sobre el barro de la tierra no podían ser más libres que las de aquellos magníficos seres celestes que se mueven con tan perfecta regularidad. De esta manera penetró en el mundo oriental la idea determinista, y a ella se aferró la humanidad durante siglos más o menos inconscientemente. La vida de cada hombre debía estar trazada desde su mismo nacimiento por el hado, el fatum, el destino irrevocable, enigmático, ciego y despiadado. Aun hoy, una vaga, oscura y temerosa creencia impulsa a muchas gentes
ingenuas a aproximarse a la barraca de feria o a la pitonisa del barrio
para conocer su horóscopo astral, y el fenómeno se da también en las grandes
ciudades de los países más civilizados, donde se anuncian a cada paso distinguidos
planetistas.
NO QUEDA SITIO PARA EL ESPIRITU
La vieja ingenua astrología de las máximas conjunciones y de los cuadrantes melancólicos ha sido reemplazada por otra nueva, que también aspira a explicarlo todo, casi tan ingenuamente como aquélla. En esta nueva concepción no queda tampoco sitio para el espíritu; no puede entrar la libertad, ni la virtud, ni el pecado, ni la persona. Así viene a resultar que las categorías cristianas están tan reñidas con el determinismo estelar como con el racionalismo hegeliano, marxista o spengleriano. Me parece, pues, muy acertada y aguda —y por eso me he permitido subrayarla— la suposición de Toynbee de que "la filosofía babilónica del determinismo tiene mayor afinidad que ninguna de las filosofías helénicas, con las especulaciones filosóficas aun inexpertas, quizá, de nuestro propio mundo occidental en su actual edad cartesiana. |
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