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Distinguir para optar es lo que importaEn una de mis últimas crónicas había quedado pendiente una cuestión sobre la cual me parece interesante volver ahora.Me preguntaba yo allí acerca de lo que el hombre occidental tiene que
defender y conservar en la actual coyuntura y lo que, para salvar lo esencial,
debe arrojar por la borda.
Ver caer las cosas en torno a uno, extinguirse las viejas costumbres, desaparecer los rincones queridos de las ciudades, perecer las instituciones, los usos, las lenguas, las estructuras sociales, esfumarse en el tiempo, como estelas de humo, las amadas formas en las que parece ir prendido nuestro contorno vital, ha sido y es un motivo de angustia para los hombres de todas las épocas. A nosotros nos ha tocado ser testigos y, hasta cierto punto, actores de una gran crisis, una descomunal crisis histórica; no es extraño, pues, que al ver tantas cosas en liquidación, a la vez, sintamos esa especie de "angustia histórica", que constituye, sin duda, uno de los aspectos más patentes de nuestra incomodidad radical, indicio o traza de nuestra vocación divina. ESTERILIDAD DE UN CONSERVADURISMO A ULTRANZA
Lo que importa es distinguir para optar.
A algún lector podrán parecerle estas frases un tanto pesimistas y, por decirlo así, escandalosas. No encierran, sin embargo, una invitación a la indolencia ni a la aceptación perezosa de los hechos, sino, al contrario, una llamada a una actitud genuina y esforzada. El mundo conoció hace milenio y medio una situación parecida a la nuestra. Roma, debilitada por dentro y acosada por fuera, se hundía, y, con ella, el suelo histórico de muchas generaciones. El firmamento se les venía encima a aquellas gentes y todo parecía presagiar el fin del mundo civilizado. Ante las alarmantes noticias que los exilados traen de la capital del Imperio, San Agustín toma la palabra y deshace los argumentos de los que escandalizan: "¿Es afrenta decir que Roma es caediza? —pregunta el obispo de Hipona—. Si también el hombre, galanía de la ciudad y morador suyo, y aun los mismos que la rigen y gobiernan, vienen para irse, nacen para morir y entran a salir, ¿a qué viene maravillarse de que a la ciudad le llegue su fin?" Es decir: poco importa, en último extremo, que lo accidental parezca; pero aun esto puede salvarse si los hombres no decaen de su altura moral. Y así añade: "Quizá no sea esto la desaparición de Roma; quizá es un azote y no una ruina; tal vez un escarmiento y no un aniquilamiento. Acaso no perezca Roma si los romanos no perecen. Y no perecerán si bendicen a Dios; perecerán si le blasfeman". NO SE TRATA DE "MONUMENTOS Y ARBOLEDAS", SINO DEL ALMA CRISTIANA
DE EUROPA
No se trata, pues, ahora tampoco de "monumentos y arboledas", sino del alma cristiana de la vieja Europa, que es lo eterno de nuestra civilización. Lo que hay que conservar es el dinamismo cristiano, que, viendo, en el tiempo un comienzo de eternidad, impulsa al hombre a una acción eficaz en todos los órdenes de la vida; el sentido ecuménico, auténticamente acatólico, del cristianismo. Lo que hay que arrojar son los egoísmos encubiertos, los particularismos inconfesables, replegados sobre sí mismos, que a veces se revisten de conceptos nobles y casi sagrados, y es cuando son más peligrosos: los egoísmos de clase o de grupo profesional, que se erigen injustamente, poniendo en peligro el bien común; los egoísmos de razas y naciones que chocan con el bien superior, espiritual o temporal, de la comunidad humana; el afecto a las formas cuando, perdido su contenido vital, se convierten en puras formas. OBEDIENCIA ACTIVA A LAS ORDENES DEL PAPA
El momento actual exige cierta desnudez espiritual. Espíritu pronto y dispuesto para aprovechar toda coyuntura en favor del bien. Cierta inventiva sobrenatural, si se me permite esta expresión, para elegir los medios eficientes. Una enorme grandeza de alma para comprender la realidad en toda su enorme medida. El vivo ejemplo de esta actitud nos da la de nuestro padre de Roma,
que, hoy más que nunca, se asemeja a un experto piloto conduciendo su nave
entre la borrasca a la busca de un paso.
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