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Necesidad de una liberación psicológica y moral del proletariadoLa libertad política y la libertad económica no sirven a la persona sin la libertad espiritual.Tonybee define la condición proletaria como el sentimiento de la propia enajenación social. El proletario se reconoce a sí mismo como objeto o como utensilio social, pero no como persona, como sujeto de derechos y miembro activo de la comunidad. Lo característico del proletario es, por tanto, el complejo cosístico, el sentimiento de ser cosa o de ser tratado como tal —en lo que como es claro, puede haber mucho de puramente subjetivo—. Para arrancar al proletrio de su mísera situación no basta, pues, asegurarle el ejercicio de unos derechos ciudadanos, una consideración social y una adecuada libertad económica. Se precisa, además, liberarle psicológica y espiritualmente. Tan ilusoria sería la libertad política sin la libertad económica como ambas libertades juntas sin la libertad íntima, la que se asienta en la convicción de la propia dignidad personal y que sólo adquiere pleno sentido en la esfera religiosa. De aquí que el mundo occidental vuelva hoy su mirada hacia altos valores que habían sido menospreciados por las corrientes materialistas. En un tiempo se creyó, en efecto, que concediendo a todos los hombres
iguales derechos políticos podría hacerse de ellos ciudadanos conscientes
y activos. No tardó, sin embargo, en verse que este modo de pensar era
ilusorio; en último extremo, la libertad política, sin el complemento de
una libertd económica, favorecía más a los poderosos que a los débiles.
Las masas proletarias, apenas sacudidas por las revoluciones liberales,
volvían a caer de nuevo en su letargo. Materia amorfa, terrosa e inerte,
los políticos no podían esperar de ella ningún impulso constructivo y sí
sólo movimientos ciegos y catastróficos, desprendimientos de tierras que
se hunden o agitación de olas que se encrespan.
Pero la mayor tragedia del gobernante no consiste tal vez en verse discutido por la sociedad, sino en sentirse desasistido de ella. Cuando, apagada toda rebeldía y doblegada toda insumisión, el hombre que ha dominado una revolución adversa se encuentra ante una masa apática y vencida, la sociedad parece asfixiarse y morir entre sus manos, por falta de respiración o de evaporación social. A la atmósfera no sube una gota de agua de las tierras resecas, que sólo parecen aptas para ser pisadas. Por eso, gentes más avisadas y que procedían de distintos campos, pensaron que había que completar la transformación política con una transformación económicosocial. Vinieron las revoluciones sociales y los movimientos evolutivos, más lengos, pero más firmes, de política social. En algunos países, sin duda los más ricos, las clases inferiores, o al menos zonas muy extensas de las mismas, alcanzaron un tenor de vida que parecía bastante satisfactorio y confortable. Entonces se produjo el hecho menos esperado: a pesar de la legislación
social, a pesar de las ventajas materiales y de la seguridad real en el
orden económico, el hecho proletario subsistía en el fondo, aunque bajo
un barniz resplandeciente de progreso material. El genuino sentimiento
de la libertad y de la dignidad personal no había nacido en las almas.
Asomaba, al contario, por el horizonte el fantasma de la sociedad-máquina.
Utopistas y profetas anunciaron la tragedia inminente: los totalitarismos
materialistas y tecnocráticos.
Para llevar a cabo tal misión, el intelectual cristiano necesita, ante todo, desechar definitivamente la tentación helénica de la contemplación —es decir, esa falsa visión de la existencia humana que concibe el trabajo como una pura maldición— y situarse, con decisión, en el ámbito mismo del mundo del trabajo, mundo que es también el suyo. Un mundo del cual no tiene derecho a desertar. |
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