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El
mundo es unas cuantas tiernas imprecisiones...
JORGE LUIS BORGES
On
n'écrit pas avec les mots des autres.
G. MESCHONNIC
Tal
vez ninguna historia es tan coherente y apolínea como se tiende
a imaginarla. Tampoco la de Virginia Woolf, historia apasionada y desgarradora
a un tiempo de una mujer hipersensible, escritora nata, cuya vida es una
lucha cotidiana frente al asedio de la locura. ¿Quién habría
de decir que esa dama; respetuosa de las formas sociales establecidas,
preocupada por los hechos menudos que acontecen en su mundillo, es la
misma que despanzurra el discurso tradicional de la narrativa inglesa
para dejar al descubierto esos relámpagos de intensidad que atraviesan
al yo o para atrapar «el fluir de la conciencia»? No es fácil
reconocer en ese personaje que se pasea por los salones de la sociedad
eduardiana, posa para Vogue (claro está que esto le sirve
para hacer inteligentes reflexiones sobre los estados de conciencia que,
aparecen en la vida social. la conciencia de party), toma interminables
tés o asiste al Derby, no es fácil reconocer, decíamos,
a ese ser angustiado que siente la vida como «una cinta de asfalto
al borde del abismo» por la que camina, tambaleante, sin saber si
logrará recorrerla hasta el fin.
No
menos sorprendente es comprobar que V. W., militante socialista. miembro
de la Fabian Society, un día anota en su Diario: «Rara vez
penetrada por el amor a la humanidad, cual es mi caso, a veces me apiado
de las gentes pobres que no leen a Shakespeare...».
¿Cuál
es, podríamos preguntarnos, la verdadera V. W .? La heredera del
convencionalismo victoriano que, como cualquier muchacha joven de su época,
desea casarse o la que defiende una vida privada más permisiva
-como la mayoría de los miembros de Bloomsbury, por otra parte-
que no ahogue en una marea de prejuicios sus tendencias homosexuales?
¿La escritora que rescata el beautiful non-sense, la libertad
creadora o la que en su crítica literaria -aguda y certera, casi
siempre- no logra verla en el Ulises de Joyce y queda "desconcertada,
aburrida y desilusionada por el espectáculo de un asqueroso estudiantillo
rascándose el acné"?
La
historia de V. W. reúne esta y muchas otras facetas, a veces curiosas,
tiernas o dramáticas, tal vez más dramáticas que
la de la mayoría de los seres humanos, pero, con una capacidad
creativa que no es habitual. "Cuando escribo, soy tan sólo una
sensibilidad".
Arbitrario
y seductor parece haber sido Sir Leslie Stephen, el padre de Virginia.
Humanista destacado, autor de una Historia del pensamiento inglés
en el siglo XVIII y del Ensayo sobre el libre pensamiento,
Sir Leslie Stephen se ha ganado, sin duda, el respeto y el lugar que la
sociedad reserva a esos "eminentes victorianos", al decir de Lytton Strachey.
De
los cuatro hijos que tiene con su segunda mujer, Julie Duckworth, ninguno
se aparta de la tradición cultural que flota en el hogar de los
Stephen. Sir Leslie dirige con espíritu patriarcal -y no sin despotismo-
la educación de sus hijos: los varones -Adrián y Thoby-
irán a Cambridge; en cuanto a Vanessa y Virginia, naturalmente,
se educarán en casa. Esto es lo que establece la costumbre en la
sociedad victoriana y Sir Leslie no está dispuesto, ni remotamente,
a romperla. Virginia recordará toda su vida esta actitud del padre
con rencor. Sin embargo, ella misma reconoce que, a cambio, les dio una
libertad total para leer lo que quisieran de la rica biblioteca familiar.
Y aún más. Sir Leslie alentó con enorme tacto el
interés de Virginia por la literatura y el de Vanessa por el arte.
Por
esos años, Virginia afianza su vocación de lectora que no
hará sino crecer con el paso del tiempo. En su Diario -escrito
a partir de 1915- las lecturas ocupan gran parte de sus reflexiones; reflexiones
sagaces, originales, llenas de matices, de quien no sólo analiza
un libro sino que además vive y siente una historia. Virginia no
lee sólo lo que el autor dice, sino lo que sugiere y, además,
lo que ha callado.
En
1906, Thoby Stephen, de vuelta de un viaje a Grecia, muere, muy joven,
a causa de una fiebre tifoidea. Virginia, que ya había tenido la
primera fractura de su estabilidad psíquica, parece más
recuperada y asume la muerte de Thoby. Sin embargo, ninguna pérdida
familiar dejará en ella una huella más larga y dolorosa
que la de este hermano que se ha llevado consigo la alegría y la
juventud. Más tarde, en Las olas, intentará recuperarlo
en la figura de Percival, el héroe esperado que al llegar "vierta
en esta estancia esa cosquilleante luz, esta intensidad del ser, de manera
que las cosas pierdan su habitual utilidad."
BLOOMSBURY
Después de la muerte de Thoby, los que habían sido sus compañeros
y amigos en Cambridge, se acercan más a Adrián. Allí
están Lytton Strachey, que quiere ser escritor; Leonard Woolf,
que ha regresado a Londres después de una larga estadía
en la India como funcionario del Civil Service -en el que aún no
sabe si continuará o no- y Clive Bell, teórico de arte,
que se casa con Vanessa Stephen en ese mismo año de 1906. Las reuniones
que poco a poco se vuelven habituales se hacen en casa de los Bell, situada
en el 46 de Gordon Square, una calle del barrio de Bloomsbury. También
Adrián y Virginia viven en ese barrio de casas austeras. En una
de ellas, cada uno de los hermanos Stephen ocupan un piso, en otro viven
el pintor Duncan Grant y John Maynard Keynes, economista que años
después tendrá fama mundial. El último piso del 38
de Brunswich Square está reservado para Leonard Woolf. Todos participan
de las reuniones en casa de los Bell, donde además asiste Desmond
Mac Carthy, crítico literario y director del New Statesman
(en el que Virginia hará, durante años, recensiones literarias,
así como en el Times Litterary Supplement); va también
Roger Fry, crítico de arte; el novelista E. M. Forster; Bertrand
Russell y, más tarde, T. S. Eliot. El centro son Vanessa y Virginia,
dos jóvenes de una belleza que «cortaba el aliento»
-dice L. Woolf al conocerlas- Y, por si fuera poco, sensibles e inteligentes.
Pero si las hermanas Stephen seducen a los jóvenes con su gracia,
con su conversación, también escandalizan a las personas
mayores por su "aire emancipado". Es lo que, con gesto desaprobatorio,
opina Henry James, amigo de Sir Leslie Stephen. Ajenas a los comentarios
o tal vez divertidas por el mero hecho de provocarlos, Virginia y Vanesa
disfrutan de esas largas noches en las que, entre chocolate, whisky y
panecillos, se charla y se discute con pasión. ¿De qué
hablan? De todo. De los antiguos y de los modernos. De los griegos, de
los narradores rusos y de la psicología alemana. Los griegos. ..,
la danza, el ballet ruso de Diaghilev y la maravillosa Lopokova. Estudian
a Bergson y a G. Moore. El sentido que este filósofo da a "lo bueno"
en sus Principia Ethica puede levantar tempestades. Roger Fry les
descubre el mundo luminoso de los postimpresionistas franceses:
el de Van Gogh: Gauguin, Derain. Luego, el cubismo viene a deslumbrar
a estos ingleses deseosos de ampliar su insularidad. También se
habla de economía, de política -todos se sienten liberals,
salvo L. Woolf, que adhiere al socialismo. Y antiimperialistas. Hacen
alarde de su escepticismo en materia religiosa y hay quienes se proclaman
rotundamente ateos. El grupo de Bloomsbury ha nacido.
Junto
a su curiosidad intelectual aparece también el deseo de dar otro
tono a la vida. No hay que olvidar que los "bloomsberries" son individualistas
y esgrimen como fin supremo el goce estético. Tienen gustos sofisticados
y se mueven dentro de un ambiente bohemio, más libre, del que se
destierra cualquier sobrevivencia de la moral victoriana. Y también
hay lugar para el sense of fun. Sus bromas, a veces, pecan de irreverentes
como cuando se hacen pasar por el emperador de Abisinia y su séquito
para visitar el acorazado Dreadnought. Ríen hasta las lágrimas
(que dejan surcos blancos en su improvisada piel morena) de la situación
en que han puesto a los oficiales de la sacrosanta Royal Navy.
Sin
embargo, este nuevo estilo, lleno de savoir-faire, lleva implícitos
los límites que establecen las buenas maneras y, en última
instancia, su origen aristocrático. Porque la mayoría de
los "bloomsberries" pertenecen a la clase dirigente, salvo Leonard Woolf,
que se reconoce a sí mismo como recién llegado a las clases
liberales "rompiendo con un status de tenderos judíos". En su Autobiografía
señala, con idéntica objetividad, la idiosincrasia de algunos
de los miembros de Bloomsbury: "Los Stephen, los Strachey y los Thackeray
vivían en un complejo entramado de raíces y ramificaciones
que se extendían por todas partes a través de las clases
liberales superiores, las familias terratenientes y la aristocracia. En
lo social -sigue L. Woolf- asumían subconscientemente cosas que
yo no hubiera podido asumir jamás consciente ni inconscientemente...".
El
grupo de Bloomsbury pronto se convierte en la intelligentzia de
su tiempo. Pero su aire elitista molesta a mucha gente. También
sus opiniones, por lo general audaces y en varias ocasiones cáusticas.
"Son escarabajos que pican como escorpiones», dice de ellos D. H.
Lawrence sin ocultar su odio. los "bloomsberries" no se alteran. Quienes
pertenecen al e'stablishment son ellos y tanto se los mima que hasta se
les permiten actitudes rebeldes. Tal vez porque se sabe que, de verdad,
cambian menos de lo que creen.
Después
de una extraña propuesta matrimonial de Lytton Strachey a Virginia
Stephen -extraña porque ninguno de los dos lo quería, ella,
en una carta a su amiga Violet Dickinson, en 1912, le cuenta que va a
casarse con "un judío sin cinco", pero que la hace "más
feliz de lo que nadie me había contado que era posible serio: Leonard
Woolf .
Con
el casamiento, Leonard y Virginia comienzan a alejarse del grupo. Seguramente
influyó el trabajo de Virginia (está escribiendo su primera
novela, Fin de viaje) y su precaria salud.
Al
comenzar la guerra. de 1914, el grupo de Bloomsbury se dispersa. Algunos
se reúnen en lo de Lady Ottoline Morrell, pero ya sin el fervor
de los viejos tiempos.
En
1916 una ley de reclutamiento vuelve a congregar a los miembros de Bloomsbury.
Todos son pacifistas, objetores de conciencia y quieren manifestarlo.
Luego, cuando Leonard crea el Club 17 para las reuniones socialistas,
se forma una especie de segunda generación de Bloomsbury. Virginia
ve con escasa simpatía a mucha de esta gente -"los cabezas rapadas",
el "inframundo", los llama con desdén- en los que encuentra más
oportunismo que talento.
En
realidad, el espíritu de Bloomsbury no se recompone nunca más.
THE
HOGARTH PRESS
La experiencia matrimonial de los primeros años fue, evidentemente,
insatisfactoria para Virginia, que se debate entre su escasa "vehemencia"
(es decir, una marcada frigidez), la frustración de ser madre y
una vida cotidiana que se va deteriorando por las exigencias de su labor
creadora y la aparición de la enfermedad: insomnios, jaquecas,
pulsaciones aceleradas y luego la depresión. Para Leonard estos
años de matrimonio debieron de ser infernales.
En
realidad, ese período que comienza el mismo año del matrimonio,
1912, hace crisis al año siguiente con el intento de suicidio (el
segundo) de Virginia; es el anuncio de lo que será la constante
-con diferencias de intensidad- en la unión de los Woolf: la lucha
contra la locura de Virginia. Leonard da pruebas de una devoción,
de una paciencia, infinitas.
En
medio de la depresión de Virginia, Leonard hace el traslado a una
vieja casa, Hogarth House, que les ha gustado. Los primeros meses son
de pesadilla. Para distraer a Virginia pasan un tiempo en el campo. De
vuelta se renueva la fantasía que se hicieron al ver Hogarth House:
comprar una imprenta y tener un bulldog. La fantasía toma
cuerpo y alienta a Virginia. Deciden tomar clases de artes gráficas,
pero todo queda en proyectos: no se aceptan aficionados. La solución
es simple: aprender en un tratado y luego practicar; claro que eso requerirá
tener el dinero suficiente para poder comprar una máquina. Por
fin, en marzo de 1917, compran una impresora en Farringdon Road y la instalan
en el comedor de la casa, que, poco a poco, se convierte en Hogarth Press.
La labor editorial se inicia con The mark on the wall, de V. W
., y Three Jews, de Leonard Woolf.
Virginia
alterna su tarea de crítica literaria con el trabajo en la imprenta,
que comienza a abrumarla. Lo que empezó como un hobby (y, secretamente
para Leonard, como laborterapia para Virginia) ya es un oficio que le
deja escaso tiempo para escribir. Además, es preciso buscar otros
autores. Virginia decide visitar a Katherine Mansfield para ofrecerle
publicar un cuento.
Se
inicia allí una amistad profunda y conflictiva. Las dos se admiran,
pero ninguna se muestra dispuesta a aceptar a su contendiente tal como
es. K. M. ha tenido una vida aventurera, rica en experiencias, más
libre, y no ha conocido la estabilidad del mundo de Virginia. Tal vez
por eso detesta los convencionalismos, las formas establecidas. Virginia
lamenta la vulgaridad de K. M., siempre "tan emperifollada con cosas baratas",
aunque reconoce que, cuando supera esta impresión, Katherine es
"tan inteligente, tan inescrutable, que paga con creces su amistad". A
su vez, K. M. se las arregla para hacerla sentir a Virginia pretenciosa
y para darle conciencia de lo soso que resulta ser siempre ..respetable".
Tras de esta contienda sorda, se advierte la verdadera causa: la rivalidad
como escritoras. "Es el único escritor del que he sentido celos",
confiesa V. W.
Hogarth
Press crece y se consolida. El fondo editorial se va ampliando con cuentos
de Katherine Mansfield, los Poemas, de T. S. Eliot; The Critic
in Judgement, de Middleton Murry; Kew Gardens, de la propia
Virginia, ilustrado por Vanessa Bell. A partir de 1924, comienza la publicación
de la obra de Freud.
UNA
FLOR PARA VIRGINIA
Una tarde de invierno de 1939, los Woolf van a conocer a Sigmund Freud
en su retiro de Hampstead. Hace sólo unos meses que ha llegado
a Inglaterra y se ha encerrado en su casa, rodeado de libros y de antigüedades
egipcias, ya sin mayor fuerza para desplazarse, deteriorado como está
por un cáncer de mandíbula. Virginia queda conmovida por
este "viejo fuego que ahora brilla con luz mortecin". Leonard, en cambio,
ve en Freud "un halo de grandeza, no de celebridad" que irradia este "hombre
genial".
En
la entrevista, Freud le ofrece una flor a Virginia. Un gesto amable que,
sin embargo, no logra borrar el cortés distanciamiento que prevalece
en el recuerdo de los Woolf .
Meses
más tarde, V. W. anota en su diario: "Anoche comencé a leer
a Freud para ampliar la circunferencia; para dar a mi cerebro más
amplios horizontes, para conferirle objetividad, para salir al exterior...."
Una lectura terapéutica, sin duda. Es curioso, sin embargo, que
V. W. en ningún momento -al menos en los fragmentos que conocemos
del Diario de una escritora- reconozca, más allá de los
conocimientos nuevos, ese territorio común que ambos -con distinto
propósito- exploran: las infinitas complejidades del yo, el mundo
de los sueños, las fantasías, los deseos. Porque en V. W.
ésta es la verdadera materia de su obra. Desde Fin de
viaje hasta Entreactos, su última novela, la variedad
de personajes, las diferentes situaciones, los escenarios cambiantes,
no parecen sino pretextos para bucear en el interior del ser humano, afinando
cada vez más su capacidad de captación y el lenguaje para
expresarlo.
Toda
su creación es un empecinado viaje interior, único viaje
que de verdad le interesa. Los otros son el espectáculo, algo que
ocurre fuera. En España "la desnudez y belleza (del paisaje de
Toledo y de Zaragoza) les dejó atónitos", cuenta Quentin
Bell. «Viajaron por el norte de Italia hasta Venecia, que, después
de España, les pareció un lugar cómodo, pero monótonamente
civilizado." Florencia no la apasionó, el recorrido por Grecia
sólo logró atraparla por momentos. A poco, los viajes la
cansan, la abruman. Y, además, ¿para qué fatigarse
con desplazamientos exteriores si desde su living de Tavistock Square
puede "ver", por ejemplo, paisajes fabulosos, como esa Argentina que atribuye
a Victoria Ocampo, donde "hace mucho calor y veo mariposas nocturnas posándose
en flores plateadas. Pero ¿en pleno día?". O el desaforado
deshielo del Támesis que presencia Orlando:
Era
como si una fuente de azufre (opinión que favorecieron muchos filósofos)
hubiera brotado de las regiones volcánicas inferiores y hubiera
reventado e1 hielo con tal vehemencia que barría y apartaba furiosamente
los fragmentos enormes... El río estaba sembrado de témpanos.
Algunos eran amplios como una cancha y altos como una casa; otros no eran
mayores que un sombrero de hombre, pero fantásticamente retorcidos...
Sí, evidentemente, para V. W. "la única vida excitante es
la vida imaginaria", como ella misma dice. En todo caso, el único
paisaje necesario, el único que necesita retener, es el paisaje
inglés. En muchas de sus páginas vuelve al St. Ives de su
infancia, a Cornualles, a Sussex: el mar, los downs, espacios abiertos
en donde se reencuentra. Y también está Londres, que la
estimula. y los interiores ingleses, con "un cómodo sillón
al lado del fuego, un libro y crisantemos en un vaso de cristal sobre
la chimenea", habitaciones aparentemente comunes y, sin embargo, "atestada
de esos tímidos seres de luz y sombras con cortinas agitadas por
el viento, pétalos cayendo, cosas que no ocurren, o eso parece,
cuando alguien está mirando". Habitaciones con una vida secreta,
misteriosos espacios interiores, en los que, como diría Lacan,
el ojo capta el exterior y las cosas nos miran. En ese punto preciso,
en ese verse viendo, es donde el discurso de V. W. alcanza mayor
libertad, cuando sus personajes dejan hablar a su conciencia, traspasada
de elementos no conscientes, cuando el monólogo interior nos transmite
la labilidad entre el espacio de fuera y el de dentro.
LOS
AZULES CRISTALES
"Es aburrido caminar por la carretera, sin ventanas por las que mirar,
sin legañosos ojos de azules cristales por donde ver la calle",
piensa Jinny en Las olas y la reflexión parece de la Alicia
de Carroll.
Abiertos
o cerrados, esos espacios (incluso los onrricos que aparecen con frecuencia)
sólo interesan cuando se los puede ver con los "azules cristales"
de Jinny, cuando dicen más que una mera descripción y se
transmutan en símbolos que dan otra dimensión al relato.
Desde allí, desde ese punto, parte V. W. para recorrer esa zona
cambiante, huidiza, donde se mezclan lo real y lo irreal, y los objetos
del mundo exterior -uno cualquiera- sirve como pretexto para desencadenar
la fantasía. Una avalancha de imágenes, sensaciones -fugitivas
y, sin embargo, precisas-, asociaciones desordenadas son los fragmentos
con los que V. W. recompone a saltos y como en un espejo roto la continuidad
de la vida. De la realidad, íbamos a decir. Pero la realidad woolfiana
es fragmentaria y, además, excepcional; "una sensación intensa
y asombrosa de que algo que está ahí es eso. No se trata
exactamente de belleza. Se trata de que la cosa en sí basta: es
satisfactoria y completa". Algo similar a lo que los sabios orientales
dicen que se alcanza en el nirvana. Sólo momentos, momentos en
los que el tiempo se congela y se convierte en tiempo puro, es decir,
en eternidad. Una eternidad válida por frágil, por fugaz.
Si continuaran nos sumirían en el vacío. En cambio, esas
"revelaciones" nos devuelven al mundo cotidiano, en el que
como
agua que chorrea por los muros de mi mente, como aguas reunidas, el día
cae coploso y esplendente.
O triste y desolado. Porque lo nuestro es eso: vivir en el tiempo. La
eternidad que no sea de un instante es tal vez más atroz.
Mira,
el lazo en el trazo del número comienza a llenarse de tiempo, contiene
el mundo en su interior, Comienzo a trazar un número y el mundo
queda enlazado en él, y yo estoy fuera del lazo, que ahora cierro
-así-, sello y completo. El mundo forma un todo completo, y yo
estoy fuera de él, llorando, gritando "¡ Salvadme de ser
expulsada para siempre del lazo del tiempo!", dice Rhoda en Las olas.
El tiempo cronológico es inexorable. El otro, el interior (el bergsoniano)
está lleno de resquicios por donde escapar, de momentos reveladores
que crean la ilusión de lo duradero. Gracias a "ese maravilloso
desacuerdo del tiempo del reloj con el tiempo del alma" la vida es infinita
y pasa como un rayo.
UNA
ESCRITURA FEMENINA
A
finales del siglo XVIII, se produjo un cambio que yo -dice Virginia Woolf-,
si volviera a escribir la Historia, trataría más extensamente
y consideraría más importante que las Cruzadas o las Guerras
de las Rosas, La mujer de la clase media empezó a escribir.
Origen de la literatura femenina; un hecho doblemente subversivo. Si escribir
siempre lo ha sido, a esto se agrega la irrupción de la mujer -aunque
de un modo tímido y receloso- en un dominio hasta entonces reservado
al hombre.
En
un tono muy próximo, casi confidencial, V. W. va enhebrando la
historia de esa escritora que, desde los límites que le impone
su campo de observación -la sala de estar-, gana otros espacios,
acrecienta sus experiencias vitales. Allí encontramos a esa mujer
que se debate entre su fuerza creadora y la falta de instrumentos para
expresarse, con sus titubeos, sus dudas y vacilaciones.
Desprovista
de un lenguaje propio, con una frase y un ritmo hechos por el hombre,
esa mujer -que son muchas- se ve enfrentada a la necesidad de "crear un
estilo de prosa que expresara plenamente su modo de pensar". Tarea nada
fácil, por cierto. Los jueces siempre están dispuestos a
acumular acusaciones: se delinque por falta o por exceso. Falta de lógica,
de imaginación, de dominio del lenguaje, etc., o exceso de subjetivismo,
de efusiones sentimentales, de anécdotas banales. Ni una prosa
blanda, dulzona y tonta -que se tiene por "femenina"-, ni "añadir
espinas superfluas" por miedo a ser incluida en el esquema anterior, señala
V. W. Ejercicio lento, exigente, equilibrado, el de hallar una expresión
autónoma.
Son
bien conocidas las condiciones que V. W. enuncia como indispensables para
la mujer que quiera escribir: tener independencia económica y una
habitación propia. Una habitación propia es el título
que V. W. da a este libro y no es casual. Es además el símbolo
que, en cierto modo, encierra su concepto de lo que ha de ser la mujer
que quiera escribir: la que tenga una vida independiente (en una conferencia
V. W. satiriza a ese fantasma, "el ángel del hogar", que acecha
a la mujer convocándola a sus labores tradicionales y no duda en
afirmar que un deber de la mujer escritora es matar ese fantasma) y, lo
que es más, un pensamiento de perfil propio que no escuche a las
voces -de afuera y de adentro- que la invitan a plegarse a los modelos
prestigiosos. Sólo la mujer que posea ese cuarto propio podrá
escribir novelas, ese género literario "todavía no bastante
joven como para ser blando en sus manos".
Y
llegamos al siglo XX. La mujer, dice V. W. "está empezando a utilizar
la escritura como un arte, no como un medio de autoexpresión".
Y como sin quererlo, nos encontramos ante un punto clave: ¿existe
una escritura femenina, es decir, una reflexión frente al hecho
literario y al uso deliberado de un lenguaje propio?
En
este siglo, miles de mujeres se han levantado afirmándolo y negándolo.
Se han escrito artículos, ensayos, tesis en pro y en contra. Se
han hecho explicaciones desde la sociología, la psicología
o el psicoanálisis. Pero nos atreveríamos a asegurar que,
en definitiva, se han definido conceptos, se ha profundizado en una problemática
que ya está en V. W .: la necesidad de hallar una expresión
autónoma, con un lenguaje propio, y la necesidad de superar el
hecho de escribir desde la "diferencia" (de sexo). A propósito,
V. W. dice de Mary Carmichael:
Escribía
como una mujer, pero como una mujer que ha olvidado que es una mujer,
de modo que sus páginas estaban llenas de esta curiosa cualidad
sexual que sólo se logra cuando el sexo es inconsciente de sí
mismo.
Una de las más inteligentes interpretaciones sobre la escritura
femenina la hace Julia Kristeva desde el psicoanálisis, fundamentándola
en el siguiente concepto: "C'est que tout sujet parlant porte en lui une
bi-sexualité qui est précisément la possibilité
d'explorer toutes les ressources de la signification, aussi bien ce qui
pose un sens que ce qui le multiplie, le pulvérise et le rénove".
El desarrollo es riguroso y brillante. Sólo que nos recordó
-releyendo a V. W.- un concepto similar que podemos sintetizar en esa
mente que vive en cada uno de nosotros, formada por dos poderes: el del
hombre y el de la mujer, poderes que cooperan y se armonizan. ¿Es,
acaso, algo muy distinto de lo que V. W. dice tan bien al interpretar
"la mente andrógina" de la que hablaba Coleridge?
Coleridge
quiso decir quizá que la mente andrógina es sonora , y porosa;
que transmite la emoción sin obstáculos; que es creadora
por naturaleza, incandescente e indivisa.
VIEJAS
PALABRAS EN UN ORDEN NUEVO
Palabras.
Las palabras inglesas, en las casas, en las calles, en los campos; a lo
largo de tantos siglos... Las palabras pertenecen a las otras palabras.
Pero sólo un gran poeta sabe que la palabra "incarnadine" pertenece
al océano de lo inefable... Para usar nuevas palabras habrá
que crear un nuevo lenguaje. Se llegara a ello, pero no es cosa nuestra.
Lo nuestro es unir viejas palabras en un orden nuevo para que subsistan
y creen la belleza, para que digan verdad...
(Conferencia pronunciada en la BBC)
Así, con un empecinamiento cotidiano, V. W., formidable trabajadora
intelectual logra crear, crearse, un nuevo lenguaje que, al igual que
su mente, discurre fluido como el agua (no pocas veces hace alusión
a las palabras y al agua), se cuela por regiones desconocidas, demorándose
fascinado ante las fantasías, recorriendo las grietas por donde
se filtran los deseos insatisfechos, recuperando los colores de la memoria.
Un lenguaje imaginativo, sensual, que se entreteje libremente y se preocupa
menos por restablecer los nexos, la coherencia lógica, que el ritmo.
-Son
palabras blancas -dijo Susan-, como los cantos rodados que se encuentran
en la playa.
-Mueven la cola a derecha e izquierda cuando les hablas -dijo Bernard-.
Menean la cola, agitan la cola, se mueven por el aire en rebaño,
ahora hacia aquí, ahora hacia allá, avanzan juntas, ahorase
separan, ahora se reúnen.
-Son palabras amarillas, son palabras flamígeras -dijo Jinny-.
Me gustaría tener un vestido llameante, un vestido amarillo, un
vestido leona,do, para ponérmelo por la noche.
(De
Las olas.)
Lenguaje
de entramado abierto que deja lugar al blanco, al agujero, la laguna que
es precisamente por donde se cuela la sugerencia y logra hacer de ese
vacío un espacio del discurso que suscita otras resonancias. Palabra
esencial, como la llama Blanchot, que es "alusiva, sugiere, evoca".
Hay
una lucidez fulgurante en la actitud de V. W. frente al hecho literario,
cómo lo penetra, lo desmenuza y lo integra; la sensibilidad con
que capta el ritmo de las frases ("El ritmo es lo principal en la escritura»,
dice arbitrariamente), pero no descuida la estructura que imprime ..una
forma en el ojo de la mente, una forma construida ora con cuadros, ora
en forma de pagoda, ora con alas y arcos, ora sólidamente compacta
y con un domo como la catedral de Santa Sofía, de Constantinopla».
Pero también sabe cuándo debe intercalar los "interludios,
con lo que quiero decir -aclara- espacios de silencio, de poesía
y de contraste" o qué elementos intensificará en la creación
de un ambiente -la luz del alba, los sonidos del mar, los colores- para
que cumplan "su función subterránea".
En
un pasaje del Diario de una escritora encontramos esta síntesis
del criterio estético que domina su escritura. Las reflexiones
son a propósito de su libro Las olas, al que en un primer
momento llama
Mariposas nocturnas y dice:
...El
desperdicio y lo muerto proceden de incluir cosas que no pertenecen al
momento (el subrayado es nuestro en cuanto remite a la particular concepción
woolfiana); la aterradora actividad narrativa de los realistas; ese pasar
del almuerzo a la cena; esto es falso, irreal, simple convencionalismo.
¿Por qué admitir en la literatura algo que no sea poesía,
y por poesía quiero decir saturado? ¿Acaso no es esto, aquello
de lo que acuso a los novelistas? ¿Es decir, que no seleccionan
nada? El poeta alcanza sus logros por el medio de simplificar; prácticamente
prescinde de todo. Quiero prescindir de todo pero saturar. Esto es lo
que quiero hacer con Las mariposas nocturnas (28 de noviembre de
1928)
Desde Fin de viaje a Entreactos, V. W. ha hecho un largo
camino. Basta leer distintos fragmentos de su obra para advertir la diferencia
con que se van articulando las palabras, la soltura de estilo, la modulación
interior del texto -su mayor preocupación, como dijimos-, el manejo
del monólogo interior, sobre todo a partir de El cuarto de Jacob
y su maestría en Las olas, considerada por parte de la crítica
como su mejor novela aunque, en opinión de Stephen Spender, Entreactos
no ha sido suficientemente apreciado y es acaso su mejor libro. Y a lo
largo de esa entrevista, hecha por Viviane Forrester, Spender hace esta
curiosa reflexión: "Siempre me decía (V. W .) que con la
novela se podía hacer lo qué se quisiera. Y creo que, posiblemente,
si hubiese continuado escribiendo habría escrito novelas como las
de Samuel Beckett...".
EL
OTRO LENGUAJE
...El
cerebro se m... -no, no puedo pensar en esta palabra-, sí, se marchita.
Una idea. Todos los escritóres son desdichados. Por esto, el cuadro
que del mundo pintan es muy negro. Los carentes
de palabra son dichosos; mujeres en jardines de casitas de campo; la señora
Chavasse. No es un verdadero cuadro del mundo; es el cuadro del escritor.
¿Los músicos, los pintores, son felices? ¿Es su mundo
más feliz?
(Diario
de una escritora, 5 de septiembre de 1940,)
Sorprende que V. W. que, a lo largo de su vida, ha puesto toda su energía
vital, su libido, en la creación literaria, atribuya la posibilidad
de ser felices a quienes tienen otros medios de expresión,
distintos de la palabra. Tan luego ella que aunque ha conocido las penosas
tensiones a que la somete la escritura y la publicación de sus
libros, ha recibido también muchas satisfacciones. y que evidentemente
la gratifican, si nos guiamos, al menos, por los comentarios que hace
en su Diario alrededor de las críticas elogiosas que recibe. ¿Por
qué, entonces, asignar la felicidad a los carentes de palabra?
¿Acaso el cerebro del músico o del pintor no se deteriora?
¿Por qué asocia la idea de palabra con desdicha? ¿No
está hablando, sin proponérselo, de otro lenguaje?
Releyendo
el fragmento pareciera que ella, inconscientemente, se sentía habitada
por dos lenguajes: el creativo, al que ama y domina, y otro, el de la
locura, que teme hasta el horror. Afirma Lacan: "En la locura, cualquiera
sea su naturaleza, nos es forzoso reconocer, por una parte, la libertad
negativa de una palabra que ha renunciado a hacerse reconocer [...] y,
por otra parte, la formación singular de un delirio que -fabulatorio,
fantástico o cosmológico; interpretativo, reinvindicador
o idealista- objetiva al sujeto en un lenguaje sin dialéctica".
La
vida de V. W. -ya lo dijimos- fue una lucha continua contra la locura
y, por lo tanto, una lucha también por escindir esos dos lenguajes:
por apropiarse y constituirse en sujeto de ese lenguaje que la libera
y por acallar el lenguaje de la enfermedad, que, extrañamente,
se manifiesta también a través de palabras, de voces que
la acechan, la perturban, se apoderan de ella. Así lo testimonian
sus cartas de despedida: una a su hermana Vanessa, escrita casi en idénticos
términos en cuanto a su enfermedad ("Es lo mismo que la primera
vez, todo el tiempo oigo voces, y sé que no puedo superar esto
ahora...") y la que dirige a Leonard, patética, y que dice:
Querido,
estoy segura de que, de nuevo, me vuelvo loca. Creo que no puedo superar
otra de aquellas terribles temporadas, No voy a recuperarme en esta ocasión.
He empezado a oir voces y no me puedo concentrar. Por lo tanto, estoy
haciendo lo que me parece mejor. Tú me has dado la mayor felicidad
posible. Has sido en todo momento todo lo que uno puede ser. No creo que
dos personas hayan sido más felices hasta el momento en que sobrevino
esta terrible enfermedad. No puedo luchar por más tiempo. Sé
que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar.
y lo harás, lo sé. Te das cuenta, ni siquiera puedo
escribir esto correctamente. No puedo leer. Cuanto quiero decir es que
te debo toda fa felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo
e increíblemente bueno. Quiero decirte... que todo el mundo lo
sabe. Si alguien podía salvarme, hubieras sido tú. No queda
nada en mí más que la incertidumbre de tu bondad. No puedo
seguir destrozando tu vida por más tiempo. No creo que dos personas
pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido.
V.
Después de leer esta carta, Leonard, desesperado, fue a buscarla
al río. Halló su bastón. Sólo días
más tarde apareció el cadáver con los bolsillos de
la ropa llenos de piedras. Las aguas del Ouse la habían cubierto
de silencio.- FLORA GUZMAN. Gorriti, 58. Jujuy. Argentina.
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