El
primer volumen de la biografía de Quentin Bell sobre Virginia Woolf(
I) nos lleva hasta la primavera de 1911 cuando, a la edad de treinta años,
consintió en casarse con Leonard Woolf.
Virginia,
tercer hijo del segundo matrimonio de Leslie Stephen, llegó a creer
que las corrientes rivales de las tradiciones materna y paterna "se mezclaban
y fluían en confusión pero no armonizaban en su sangre".
De su madre heredó la sensibilidad y gusto artístico, de
su padre la fuerza intelectual y una consciencia neurótica. Fue
educada en casa y la influencia paterna resultó especialmente poderosa.
La
carrera de Leslie Stephen fue un epítome del intelectualismo victoriano.
Educado en la fe de la Iglesia de Inglaterra, acudió a Cambridge
y recibió las órdenes sagradas. Después, vuelto al
escepticismo, lo dejó por Londres y una carrera literaria. Fundador
del Dictionary of Nacional Biography y autor de obras críticas
y filosóficas, creció su fama como hábil expositor
del agnosticismo que invadió el pensamiento victoriano tras el
Origin of Species de Darwin. Menos inflexible que Thornas Huxley,
menos frío que Herbert Spencer, compartió con muchos de
los brillantes estudiosos que fueron sus amigos un núcleo de poesía
encerrado en la dura concha de la pedantería.
Porque
estos dons,(*) jueces y directores de escuela, todos fervientes racionalistas,
que se movieron tan magistralmente dentro de sus atrios catedralicios,
claustros de antiguos colleges o las recoletas plazas de Kengsinton,
abrigaban, tras su apariencia segura, temores acerca de la estabilidad
del mundo, así como de la existencia del venidero. Fueron cada
vez más los que hallaron la felicidad en la periferia de sus vidas,
en lugares remotos donde los ferrocarriles no podían llevarlos
onvenientemente, como la costa de Cornwall o las montañas de Suiza,
donde podían volver a sentir el misterio de la vida que en su patria,
tras una mesa, habían explicado con tanta lógica.
Leslie
Stephen ya estaba en la cincuentena cuando, de resultas de un fallo en
sus métodos anticonceptivos, nació Virginia. Los días
de sus hazañas atléticas sobre el río, o las luchas
con las cumbres inmensas entre guías suizos, ya eran algo del pasado,
aunque las reliquias de sus logros -el trofeo polvoriento sobre la chimenea,
los mohosos bastones montañeros apoyados en la librería-
estorbaban en su oscura casa de Hyde Park Gate. Sin embargo, aún
era capaz en vacaciones, de hacer marchas de treinta millas. En verano
la familia iba con frecuencia a Talland House, en St. Ives, "en la misma
punta del pie de Inglaterra", y aquí Virginia pasó sus mejores
momentos. Sus veraneos infantiles le dejaron recuerdos marinos que rondarían
sus novelas --sobre todo Jacob's Room, To The lighthouse y The
Waves- en imágenes, ritmos y colores, los azules y verdes,
que brillan en toda su obra y la otorgan un fulgor traslúcido.
Por
el contrario, Londres era un lugar tenebroso. Si el mar simbolizaba la
poesía de la vida, Hyde Park Gate llegó a representar la
amenaza de la muerte, la locura y el desastre. La educación de
Virginia, aunque segura en lo externo, se vio mezclada con una serie de
acontecimientos traumáticos.
Desde muy temprana edad su hermanastra Laura había dado muestras
de desconcertantes síntomas de inestabilidad mental ; luego su
primo J .K. Stephen, de resultas de un accidente, comenzó también
a enloquecer, acosando violentamente a la hermanastra de Virginia, Stella
Duckworth. Desde 1888 , cuando decayó súbitamente, la salud
de Leslie Stephen no había sido buena. Julia, su esposa, le cuidó
con devoción hasta que, consumida, murió repentinamente
en 1895. "Su muerte", declaró Virginia, "fue el mayor
desastre que podía ocurrir".
El
período que transcurrió entre la muerte de su madre y la
de su padre, nueve años después, estuvo lleno de oscuridad.
Talland House fue vendida y Virginia sufrió el primero de una serie
de derrumbamientos nerviosos que de forma tan dramática iban a
jalonar su vida. Cuando en 1897 en su primer año de matrimonio,
murió Stella Duckworth, el anciano se asió cada vez más
a sus dos hijas Vanessa y Virginia. Adorable con sus amigos, fue cruel
con su familia, a la que infligió un cruel chantaje emocional.
Los Stephen estaban entregados a la catástrofe. Como todas las
tragedias que se encontraban, su enfermedad estuvo acompañada por
un coro de lamentos femeninos que engrandecieron y enriquecieron fúnebremente
sus últimos meses de agonía.
Para
Virginia esta época se hizo aún más horrorosa a causa
de las groseras asechanzas de su hermanastro George Duckworth. "Todavía
tiemblo de vergüenza ", escribió muchos añosdespués,
"ante el recuerdo de mi hermanastro, poniéndome en una repisa,
a los seis años o así, y explorando mis partes íntimas".
Por aquél entonces, mientras su padre moría de cáncer
tres o cuatro pisos más abajo, George habría de arrojarse
sobre la cama de Virginia, besándola y abrazándola con objeto,
explicaría más tarde, de confortarla. El resultado, escribe
Quentin Bell, fue que "en materia sexual se retrajo, aterrorizada, a una
postura de pánico helado y defensivo". Tuvo la sensación
de que su vida había quedado estropeada antes de haber siquiera
comenzado.
La muerte de su padre en 1904 fue seguida por otro de los derrumbes de
Virginia: los pájaros cantaban agudamente en griego mientras el
rey Eduardo VII, entre las azaleas, blasfemaba con las palabras más
viles. Lo absurdo llegó a extremos de pesadilla, e intentó
suicidarse arrojándose desde una ventana. Pero la muerte de Leslie
Stephen --como en una situación similar de The Years- había
dado la libertad a sus hijos. Al irse a Bloomsbury se liberaron de la
amarga influencia de sus parientes y comenzaron una nueva vida al conectar
con los amigos de Cambridge de su hermano Thoby: Clive Bell, Lytton Strachey,
Leonard Woolf y otros que constituyen el núcleo del Grupo de Bloomsbury.
La crónica del desastre, sin embargo, todavía no había
llegado a su fin. Después de un viaje a Grecia, Thoby murió
de tifoideas. Consecuencia en parte de esto fue que Vanessa Stephen consintió
en casarse con Clive Bell. Virginia estaba mitad complacida, mitad acongojada,
pero cuando Vanessa
tuvo un hijo se mostró abiertamente celosa, y para herir a su hermana
se dedicó a un coqueteo largo y sin sentido con Clive Bell.
En
la imaginación de Virginia los hombres no jugaban papel alguno
como amantes. Era de mujeres de quien tendía a enamorarse: Madge
Vaughan, Violet Dickinson y hasta su hermana Vanessa. El amor que sentía
por ellas era parecido al de una hija hacia su madre, Cuando Hilton Young
le propuso matrimonio, para ella no era más que un juego, nada
real. Pero cuando se lo propuso Lytton Strachey aceptó enseguida
porque, dado que se trataba de un homosexual, podría gozar de un
matrimonio fraterno a su lado, sin la horrible amenaza del sexo.
Quería
casarse. Quedarse soltera sería un "fallo" a los ojos del mundo,
y Virginia lo sabía de sobra. La experiencia de Strachey no llegó
a nada, pero en 1912, tras algunas dudas, aceptó una propuesta
de Leonard Woolf, "Las ventajas evidentes del matrimonio me suponen
un obstáculo... No siento atracción física hacia
usted", le aseguró, "y sin embargo el hecho de que se preocupe
por mí como lo hace casi me abruma.. Es tan real, y tan extraño".
Los
acontecimientos de esta primera parte de su vida explican por qué
se apartó de la realidad, refugiándose en la fantasía,
y cómo esta fantasía, que trató de sustituir por
la realidad, se convirtió en su estímulo creador; pero a
la vista de las épocas peligrosas que habrían de venir al
término de sus novelas, parece que lo que realmente temía
era ser absorbida de nuevo por el mundo real.
Ciertos
biógrafos son como actores, que casi asumen la identidad de su
sujeto, Quentin Bell no es de esta escuela. Escribe como desde la posición
de un amigo cercano y sensible, impresión reforzada por el hecho
curioso de que utilice en todo este libro la primera persona del singular,
Nos aproximamos a Virginia Stephen, pero no se nos alcanza lo que se debe
sentir siendo ella. El método de Quentin Bell ha consistido en
asimiar una gran cantidad de, información y producir una
narración admirablemente lúcida y sucinta, a la que sirven
de ligazón sus conclusiones acerca de esta información.
Su capacidad de resumen es excelente, e implacable su precisión.
No
tiene gran fuerza dramática como biógrafo, y pasa muy rápidamente
por encima de algunas escenas de extraordinario dramatismo, como la muerte
de Leslie Stephen. Tampoco se ha "aventurado" por la crítica literaria
o la especulación psicológica. Su propósito, escribe,
ha sido "puramente histórico", y al reunir una relación
absolutamente auténtica de la vida de Virginia Stephen ha logrado
este propósito con pleno éxito.
"Tengo
una conftsión que hacerte. Voy a casarme con Leonard Woolf. Es
un judío sin una perra", anunció a bocajarro Virginia
Stephen a su amiga Violet Dickinson. Dos meses más tarde, el 10
de agosto de 1912 , se casaron en el Registro de St. Pancras, tras un
compromiso que, en palabras de su hermana Vanessa, "fue algo agotador
y confuso hasta para los simples espectadores". Para Virginia, nos cuenta
Quentin Bell al comienzo del segundo volumen de su biografía,(2)
éste "parecía un magnífico modo de casarse" con el
extraño salvaje, su marido. Durante la ceremonia estalló
una tormenta con gran aparato de rayos, y el encargado del Registro, que
era medio ciego, privado temporalmente de la mayoría de sus facultades,
comenzó a confundir los nombres, ante lo cual Vanessa terció
preguntando cómo podía hacer para cambiar el nombre de Quentin,
su hijo menor. A pesar de esta confusión Virginia y Leonard acabaron
por salir a la lluvia oficialmente casados.
Islandia
era el lugar en que habían planeado pasar la luna de miel, pero
terminaron por tomar la dirección, más ortodoxa, del Mediterráneo.
Fue una época de pruebas. El calor era malsano, el alimento, infame,
y Virginia, que estaba leyendo a Charlotte M. Yonge, encontró imposible
responder físicamente a Leonard. Aunque seguía esperando
con alegría tener hijos, también confesó a Ka Cox
que "Podría ser todavía la señorita Stephen".
Parecía existir alguna insondable inhibición que hacía
que para ella el deseo masculino fuera, si no terrorífico, bastante
incomprensible. El acto físico de cohabitación no era ni
divertido: simplemente frío. Leonard, que debía haber abrigado
la esperanza de derretir el hielo de su frigidez, aceptó los hechos
a regañadientes y pronto adecuó las palabras a la realidad
persuadiéndola de que no deberían tener hijos. Fue una decisión
sensata porque, aunque Virginia nunca podría contemplar la fecundidad
de su hermana sin envidia, los niños, con todas sus humedades y
ruidos, matarían de raíz las novelas que tenía en
su interior, y lo que más la importaba era escribir novelas.
Tras
cinco años de matrimonio, como indiscretamente revela Quentin Bell,
Leonard, "cuya apasionada naturaleza nunca fue puesta en duda", tomó
una amante. Su nombre era Hogarth Press y, a pesar de algunas extrañas
experiencias desviacionistas al modo de Bloomsbury , accedería
a no compartirla con ningún hombre. Para Virginia la editorial
fue terapéutica, al menos durante algún cierto tiempo: dejaría
de ser una novelista y se dedicaría a las labores de componer y
hacer paquetes. Necesitaba huir. Desde finales de 1912 había venido
padeciendo ansiedad aguda, depresión, unos dolores de cabeza que
la minaban y noches de insomnio en las que el sentimiento de su propia
futilidad, como una mala hierba, alcanzaba proporciones horribles. La
torturada intensidad con la que había escrito su primera novela,
The Voyage Out, seguida por una ducha desilusionante de frías
pruebas, la estaba destrozando. Llevaba consigo una fatiga extrema, imposible
de superar. En septiembre de 1913, superada por la culpa y la infelicidad,
intentó matarse, y casi lo logró.
Su
recuperación fue lenta, de una lentitud exasperante y llena de
intermitencias. Se vio atravesando fases de verborrea, con etapas de letargo,
brotes de una monstruosa aversión física contra sí
misma, y una violenta animadversión hacia Leonard. ."No verá
a Leonard por nada del mundo", relató Jean Thomas, "y la ha cogido
con todos los hombres. Dice de todos las cosas más maliciosas y
cortantes que se le ocurren, y son tan inteligentes que siempre hacen
daño" .
La
mejora gradual de su estado estuvo acompañada por las buenas críticas
que recibió su novela, que funcionaron como certificados de salud.
Aún así, hasta otoño de 1915 no pudo reanudar una
vida normal. Los dos años perdidos, que transcurrieron sobre todo
en el terreno de sus propias decepciones, oscurecieron el resto de su
carrera y afectaron a su matrimonio. Leonard, que había estado
sometido a una tensión considerable, se volvió hacia la
política y la jardinería como un refugio parcial dentro
de áreas de la realidad menos crudas. Como Virginia podía
caer fácilmente en la locura, y cada ataque amenazaba tener una
recuperación más difícil, tenía que observarla
atentamente, y llegar a conocer su enfermedad con la auténtica
intimidad de los enemigos. La alabanza y el aliento eran para Virginia
oxígeno e hidrógeno, y se los suministraba continuamente
en dosis calculadas, alejando de un soplo el dolor irracional y el sentimiento
de fracaso que amenazaban consumirle la vida. Para los que venían
de fuera, su apariencia era la de un dragón familiar, papel que
de algún modo se adaptaba bien a su temperamento. Tenía
que asegurarse de que Virginia llevaba una existencia tan vegetativa como
fuera posible, sostenida con una buena alimentación y acolchada
con descanso. Debía evitar recibir demasiadas visitas, y todo aquello
que pudiera fatigarla física o mentalmente. Además, había
nacido escritora. Para ella vivir, respirar, significaba escribir, con
todas las terribles agitaciones y agonías que nadie que no escriba
puede comprender. "Nada es real si no lo escribo", admitió
en cierta ocasión. y de esta forma, Leonard consiguió un
entrenamiento perfecto en el arte de detectar el más pequeño
síntoma preludio de un ataque, y de poner rápidamente los
medios para evitarlo. A lo largo de los años mientras Virginia
daba a luz una serie única de novelas, ensayos y narraciones cortas,
actuó como su cuasi-esposa, asegurándose de que tras el
nacimiento de cada libro ella podría recuperarse y afrontar la
prueba de escribir otro.
Sin
embargo, siempre estuvo presente la amenaza de la locura. "Veo claramente
que me estoy volviendo loca de nuevo", le escribió la mañana
del viernes, 28 de marzo de 1941."Siento que no puedo volver a atravesar
otra de esas épocas horribles y esta vez no me recuperaré.
Empiezo a oír voces, y no mepuedo concentrar. De modo que hago
lo que me parece mejor... ". Atravesó las praderas hasta el
río, metió en su bolsillo una gran piedra y se sumergió.
Su última frase, recuerdo de las palabras moribundas de Hazlitt,
son un tributo a su indomable coraje y a la constante devoción
que Leonard le mostró: "No creo que dos personas puedan haber
sido más felices de lo que nosotros lo hemos sido".
Virginia Woolf es un personaje particularmente difícil para una
biografía, aunque no sea más que, como observó su
hermana, porque "vive en su propio mundo". Parecía aislada de la
política, de lo que otros ( especialmente en los años treinta)
tendían a considerar como el mundo "real". "No son las catástrofes,
los asesinatos, las muertes y enfermedades lo que nos envejece y acaba
por matarnos", escribió en Jacob's Room, su novela más
política, "es la forma de mirar y reír que tiene la gente,
su modo de subir al omnibús". Aunque tuvo gestos que denotaban
una consciencia de lo social, no creía que los escritores tuvieran
el poder de cambiar el mundo, de abolir el sistema británico de
clases. " Al novelista en ascenso nunca se le insiste para que vaya a
tomar ginebra y caracoles con el fontanero y su mujer", señaló.
" Sus libros nunca le ponen en contacto con los que comen carne de gato,
ni le llevan a iniciar una correspondencia con la vieja que vende cerillas
y cordones en la puerta del British Museum ". Esta actitud irritó
a algunos intelectuales de izquierda, que la consideraron estéril
desde el punto de vista político. Por su parte, ella nunca I.creyó
que se debiera juzgar a las novelas con criterios sociológicos,
o que los escritores fueran alguna casta de políticos potenciales.
Como pocos miembros de la clase trabajadora leen literatura y, en
cualquier caso, de acuerdo con Croce, todo cambio histórico
va de arriba a abajo, los libros tendrían que ser evaluados por
sus repercusiones gubernamentales, y los autores seguramente deberían
ser considerados como los miembros más ineficaces de la comunidad.
Ella no lo creía así, porque, cualquiera que sea la salida
social, el problema moral del novelista es una cuestión privada:
escribir lo que hace mejor .
Lo
que Virginia Woolf hizo mejor fue algo único y bastante alejado
de la política. "La vida es un halo luminoso", escribió,
"una envoltura semitransparente que nos rodea desde el comienzo al
final de la consciencia". A veces daba la impresión de no
haber hecho más que medio-nacer al mundo real, el mundo agitado
por los titulares de prensa y lleno de idas y venidas; como si su espíritu
fantasmal nunca hubiera poseído por completo al cuerpo. La indagadora
e inocente curiosidad que sintió acerca de su vida, aunque a menudo
apasionada, se manifestó extrañamente exangüe. En vez
de la implicación directa, que le fue negada, planteó una
serie de preguntas improbables. ¿Qué es lo que se siente
cuando se es rey?, ¿y cobrador de autobús? , ¿y los
hombres y mujeres que caminan unidos por una estación, seguros
y felices ? Especulaba indefinidamente sobre lo desconocido, y para ella
lo desconocido era con frecuencia lo habitual.
Sus
novelas son extensiones, con una intrincada cartografía, de su
método de autoexamen. Entre los períodos de importancia
fluye el momento significativo, y éste es el que captura y sostiene
para que lo veamos. Como un murciélago, que confía sólo
en las ondas sonoras para conocer la geografía de su entorno, y
reúne una visión de la vida plena de fuegos fatuos y fragmentos:
una sombra, una silueta, una ramita, la señal sobre un muro. Lo
que día a día fluye demasiado rápido para nosotros,
lo que sólo se imprime sobre nuestra mente subconsciente, este
fue su material habitual como novelista. Sus mejores libros, en virtud
de su estilo perfecto, mantienen en equilibrio razón y locura,
realidad, desilusión, lo concreto y el sueño. Pero es el
sueño el que le otorga su peculiar cualidad flotante. Hay inmersiones
en las profundidades neurasténicas de su naturaleza, que, como
la de Coleridge, fue subterránea. Como ordinario animal terrestre
estaba mal adaptada, a veces hasta el absurdo, pero como criatura abisal,
cuyos hábitos y modos no se podrían comprender adecuadamente
en la nítida y brillante superficie de las cosas, entró
en su reino natural. Repartidas por sus obras hay muchas viñetas
exquisitas que transmiten su sensibilidad con una cualidad radiante, lírica
y muda, que parece tremolar desde los rayos refractados del sol
que juguetean lejos de las verdes ondas, hasta el lecho silente del océano.
NOTAS
(
1) Virginia Woolf: A Biography. Volume One, Virginia Stephen, 1882-1912,
por Quentin Bell.
(*) Dons: miembros del personal docente de una universidad o college,
especialmente en Oxford y Cambridge. (Nota del Traductor).
(2) Virginia Woolf: A Biography. Volume Two, Mrs. Woolf, 1912-41, por
Quentin Bell. |