
gipuzkoakultura - albisteak
El 8 de junio de 1946 se podía leer esto en La Voz de España:
Yo he coronado el puerto de Descarga a pie
Por JUAN DE HERNANIQue pena que a mí no me gusten los carreras de bicicletas! Son preciosas. Ve uno salir a los corredores en cerralo pelotón de gayos colores. ¡Cómo pedalean! ¡Qué juego tan bonito el de sus piernas (eran sesenta y dos piernas en la carretera de ayer) moviéndose con movimientos alternos, como émbolos que tuvieran conciencia de ser émbolos además de ser piernas! La muchedumbre los aplaude. Los guardias apartan a los chiquillos para que no estorben. El sol aparta a las nubes para que no llueva. ¡Una preciosidad! Pero yo tengo mala suerte: no conseguiré nunca ver una carrera ciclista. ¡Y cuidado que me han dado facilidades! ¡Y un supercoche! Pero, nada. Les voy tomando repugnancia. Y hasta un poco de miedo. Soy un desangelado para esto del velocipedismo.
Salí del Kursaal con la mejor intención de informar bien a los lectores. Antes ya había tomado buena nota de esas operaciones presurosas con que los organizadores concretan los detalles de última hora. Había visto a López Alén, indescriptible, vestido de secretario de la Unión Velocipédica Española, con medias altas y pantalones cortos; a M. Gervais, sonriente todavía, porque no hay que malgastar el mal genio que se necesitará toda la tarde; a Porriño, que daba instrucciones a los jueces de ruta sobre los trucos del recorrido, porque como director de la carrera, había hecho un itinerario, que era el laberinto de Creta; y a Banú, que para ser un perfecto jefe de material en la carrera no había tenido necesidad de quitarse la visera de celuloide y la camisa de media manga con que elabora las crónicas sobre la ONU.
Yo debía de ser parte de ese material, porque me cogió, me puso una etiqueta en la solapa y me dejó sentado en la delantera de un coche magnífico.
-Tú ahí quieto –me dijo autoritariamente, y se fue a reñir con un corredor que traía un maletín demasiado grande para meterlo en la furgoneta de cola.
Y ahorro otros detalles para decir que arrancamos a buena marcha, porque los corredores habían salido ya mientras yo esperaba a los demás ocupantes del coche. Eran éstos el jefe del jurado y director de LA VOZ DE ESPAÑA, don José Molina Plata; el subdirector, don Luis de Acosta, y Jesús, el compañero fotógrafo de la Casa Marín.
¡Andando! ¡Qué tarde más deliciosa! Alcanzamos al pelotón, que va todavía compacto pasada la fábrica de Suchard, en la “Curva del Placer y de la Muerte”, como dijo Jesús que la llamaba un amigo suyo, alemán, que hablaba poco, pero hablaba justo.
-No hables de la muerte –dice Molina, que, por andaluz, es supersticioso.
-¡La luz! –nos grita un chiquillo desde el borde de la carretera. No sabemos lo que queire decir, pero ese grito ya es más alegre.
Como pelotón no acaba de estirarse y, por lo tanto, no hay emociones. Acosta, que es un conocedor, se pone a cantar las excelencias de nuestro coche. Es el mejor de los seguidores. Si no acaba de llegar de Norteamérica, es que se lo han comprado a Romanones de segunda mano: ocho cilindros en línea, treinta y dos caballos de potencia, frenos hidráulicos, freno de mano, freno de pie, freno a la boca, motores a las cuatro ruedas; yo no sé la de cosas que tiene nuestro coche...
Burumbum, bum, bum... bum...
Esto es un ruido que hemos oído de pronto. Acosta se ha caído encima de Jesús; Jesús, encima de Molina; yo, encima del conductor... No ha sido nada, a pesar de tanto ruido. A una rueda de nuestro coche le ha dado la tentación de salir en carrera individual detrás de los ciclistas. No lo ha conseguido y se ha quedado arrugada.
Mientras el conductor la desarruga, tomamos una cerveza, y reanudamos la marcha a todo gas para alcanzar al pelotón, que ya se nos ha adelantado mucho. Un hombre de blusa blanca –será un barbero- nos grita desde una puerta.
-¡La luz! Creo que ha dicho "la luz" aunque no le oísmo muy bien, porque vamos muy de prisa.
Pero el coche vuelve a hacer unos ruidos extraños. Se queja lastimeramente, y nosotros comprendemos muy bien sus quejas. El es un coche aristocrático. El no está hecho para estas carreras plebeyas detrás de unos “Fords” o de unos “Chevrolets” desvencijados y de mala casa. Le dan asco. A duras penas nos sube al alto de Mandubia, pero se niega a bajarlo.
El pelotón pasó hace ya mucho tiempo, pero vamos a un "colista" que, al mirar el descenso "a tumba abierta", da un doble salto mortal sobre su "bici".
-¡Quieto! ¡Quieto! –le grita Jesús, mientras le apunta con la máquina fotográfica. Y el ciclista le obedece, porque se ha quedado con la cabeza incrustada en un pino joven y providencial al borde del abismo.
-Y estas emociones, ¿con qué me las pagaréis? –parece decirnos nuestro coche mientras el conductor, tendido debajo de él, le hace cosquillas en el vientre.
Le perdonamos otra vez y salimos pitando.
-¡La luz, la luz! –Ahora nos lo ha dicho una señora que salía de la iglesia de un pueblo. Yo lo he oído esta vez bien claramente. Pero yo no sé lo que quiere decir, y el conductor no oye nada, porque sólo va pensando en alcanzar a los corredores.
¡Ay!, ya no los volveremos a ver: a los de cabeza, por lo menos. Al iniciar el ascenso de la cuesta de la Descarga, el coche dice que él se niega a seguir adelante. Pero si, al menos, lo hubiera dicho correctamente... Yo iba en aquel momento un poco adormilado. Oí bajo mis pies una explosión. El conductor miraba hacia atrás con el rostro desencajado. Acosta se había echado fuera del coche y gritaba no sé a quién: " ¡Piedras, piedras, maderos…!"
Vi entonces que el coche caminaba hacia atrás con una velocidad vertiginosa. Quise salir yo también, pero mis compañeros, que estaban ya fuera, me cerraban todas las portezuelas en sus ansias de contener al vehículo caprichoso. Miré a mi espalda por el cristal trasero. Allá abajo me esperaba un vallecito risueño. Me senté resignadamente. Sería mi destino.
Pero Dios me tenía reservadas mayores emociones. He visto a un piadoso sacerdote ayudar a los colistas a subir la cuesta de la Descarga. Cuando yo, a pie, ya casi la coronaba, iba él empujando durante un buen trecho a todos los que llegaban rezagados. Diré en honor de la verdad que era un Hermano de la Doctrina Cristiana de la Comunidad de Anzuola. Como ellos le pedían ayuda, al buen religioso se le planteó un grave problema de conciencia entre su caridad y el reglamento. Y, por no tener a mano un tomo de "Casuística"optó por la caridad.
Los últimos corredores llegan al alto mucho más cansados que nosotros:
-¡Ayudadme, ayudadme un poco! –gritan a los chiquillos.
-¡Ayudadme, que he tenido tres pinchazos!
-¡Ayudadme que soy López Gómara!
Algunos hasta cotizan su nombre para pedir auxilio a los pequeños entusiastas de sus proezas. Parecen mendigos que rezan una letanía suplicante.
Uno de ellos, creo que era el veintitantos, se dirige a nosotros.
-Empujadme un poquitín, que me ha dado un calambre.
No le hacemos caso.
-¡Idos a la cuerda, rabones! –nos grita desesperado.
No sabe que se lo ha dicho al mismo presidente del jurado, que es Molina Plata.
Pero estamos ya dispuestos a perdonarlo todo porque en la Venta de la Descarga, coronando la cuesta hemos encontrado unas chuletas de ternera como unos edredones.
Al coche lo hemos vuelto a encontrar en Zumárraga. Era ya de noche y no lo parecía, porque sus faros, sin que nadie los hubiera encendido, despedían una luz magnífica. Ahora comprendimos los gritos del barbero, de la señora que salía de la novena y de no sé cuántos más. Habíamos llevado todo el día los faros encendidos.
-Bien, ¿y quién ha ganado la carrera? –nos preguntó un amigo cuando llegábamos, a las doce de la noche, a la Avenida.
-¡Ah! es verdad, la carrera... Espera un momento, chico. Voy a preguntárselo a "Porriño".
Página 8 de La Voz de España del 8 de junio de 1946 (PDF, 2,3 MB)
Estas y muchas otras historias de nuestro pasado en la Hemeroteca digital de la Biblioteca de KOLDO MITXELENA Kulturunea.