
gipuzkoakultura - albisteak
El 12 de mayo de 1933 se podía leer esto en Amayur: Jaun-Goikoa eta Lege-zarra:
Recordando un hecho
Cojo la pluma, simplemente, con el sólo afán de hacer eco a una ignonimia más, un acto inhumano, una injusticia hórrida, que ha hecho de nuevo asomar lágrimas de sangre en los ojos del desventurado Francisco de Idiakez.
El día uno de Abril e invitado por los mendigoxales de Pasajes de San Pedro, di mi anunciada conferencia en el Batzoki de aquella localidad, y aprovechando este viaje, fui portador de un cariñosísimo saludo encomendado por los oximistak de Olabeaga, jóvenes de verdadera fe patria, de amor arraigado por nuestro renacimiento y de un cariño inexplicable hacia el hermano caído, que más de una vez ha sido observado por el autor de este escrito. En aquella carta se condensaba la aflicción, la unánime indignación de unos corazones pletóricos de optimismo, y con frases alentadores animaban a este mártir de Euzkadi a que continuara erguido y con la frente en lo alto, caminar por este viacrucis trazado por una “justicia” sin nombre que tanto debe avergonzar, no a sus manipuladores, sino a nosotros mismos; a los hijos de un pueblo indómito únicos responsables de tanto dolor y latifundio por dejar cauce abierto a unas leyes extrañas y bergantes destructoras de nuestro idioma, de nuestra fe cristiana y de nuestra plena Libertad.
Allá, a la izquierda de la playa de Ondarreta se levanta con majestuosidad la cárcel provincial de Gipuzkoa. Si mi conciencia no hubiera estado bien percatada de lo que son estos presidios, pronto me hubiera amohinado ante su presencia. Pero ello no llegó ni a inmutarme. Es que la costumbre llega a uno a hacerle tan fuerte...
El tranvía nos colocó en unos momentos frente aquel "Hote" y asombrado vi que eran muy contadas las personas que esperaban a la hora de la visita.
-Desde que ocurrió aquel incidente con un carcelero que intentó hacer fuego a la gente y obligó a Idiakez a hablar en erdera -corroboró uno de mis acompañantes-, solamente pueden visitarles diez personas.
Y por entre obscuros corredores llegamos al locutorio. Unos instantes de espera, y allí aparece el joven sacrificado en un gesto patriótico y humano, que con sus ojos muy abiertos buscaba algo por entre los gruesos barrotes que nos separaba.
Era la figura de su hermana; una emakume, joven y enlutada, que traía bajo el brazo un hatillo de ropas...
Hablaban muy bajito. Parecían dos enamorados... Más tarde dirigiéndose a mi hablóme torpemente en castellano.
-Estas cosas hay que tomarlas con calma y resignación –dice difícilmente-. Todo no va a ser penas y dolores para los vascos. Algún día también la justicia de Dios ceñirá nuestras sienes. Ayer mandaron los otros y hoy están en el Poder ellos. Total, pata. "Con la vara que miden serán medidos".
-¿……?
-Gracias, muchas gracias...
Al oficial que está en la puerta le entragaréis la carta. Yo ya me aclimitaré a esta vida penitenciaria que tanto me sobaja, y siempre pensaré en Euzkadi, mi única patria, en vosotros, en mi casita de Guetaria.
Poco después nos despedimos. Idiakez quedó allí, con su mirada triste y pensativa, como recordando la cadena de años que sobre él pesa. Cuando nos miramos por última vez él, me levantó su mano diciendo: "Agur. ¡Gora Euzkadi Azkatuta!... Gogor, San Cristóbal.
Al hallarme frente al funcionario del penal, entregándole el mensaje encomendado, le advertí.
-Tenga usted. Es una carta para Francisco de Idiakez.
Y aquel señor alto como una palmera salvaje y amarillento como un plátano maduro, muy sonriente, se hizo con la misiva. Mas cuando dejamos tras de nuestras espaldas la cárcel de Ondarreta, acercóse presurosa a nosotros una bella neskatxa y con voz apenada y triste balbució entre congojas:
-¡Oiga, oiga! ¿No ha sido usted el que ha entregado una carta para mi hermano? ¡Pues la han abierto! ¡Delante de mí la han habierto!
—X—
Hace unos días el presidente del Mendigoxale Tximistak entregóme para que la leyera una carta escrita por el compatriota Idiakez en la que entre otras cosas ponía de manifiesto:
Debo participarle, decía, que la carta heraldo que fue portador nuestro laguna San Cristóbal el día que en esta prisión se dignó a hacerme una visita, no me fue entregada. He esperado un día, una semana... y ello ha hecho que llorase en la soledad de mi celda una y otra noche.Yo no se para qué sirve ya. Mis ojos no pueden leer las cartas consoladoras de mi amatxu, de mis hermanos... Mi lengua no puede expresarse en mi idioma, porque me lo han prohibido. ¡Que se rompa mi lengua!acute;o en la justicia de Dios y en nuestro triunfo libertario, y aunque por las arenas la lucha sería deisgual, saldríamos victoriosos sí. Y si es preciso derramar sangre por la verdad de nuestra Causa, contad con la mía.Sublimes palabras la de este abertzale aislado del mundo por defender la vida de un hermano suyo y la suya propia. Nuestras autoridades deben tener en cuenta esa arbitrariedad y poner en claro si es lícito, la amputación de la correspondencia. Yo, expresidiario de la cárcel de Larrinaga, he recibido intacta toda cuanta me fue enviada y como yo, el canalla que asesinó a los sacerdotes de San Salvador del Valel, el que cegó a Ugaritza, el que mató a Acero, etc., etc. Entonces, ¿por qué razón, por qué ley obran así con Idiakez? ¿No alumbra el sol para todos? ¿Por qué la justicia de los hombres no es equitativa con sus semejantes?
¡Oh, República española que dices ser libertaria! ¡Cuántos motivos tenemos los vascos para llamaros República liberticida!! Mientras tanto, sigamos sacudiendo la cadena que nos agarrota.
Mateo de San Cristóbal.
Página 3 de Amyur del 12 de mayo de 1933 (PDF, 5,5MB)
Estas y muchas otras historias de nuestro pasado en la Hemeroteca digital de la Biblioteca de KOLDO MITXELENA Kulturunea.