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El 1 de abril de 1943 se podía leer esto en El Diario Vasco:
Debut de la Compañía Titular del María Guerrero, en el Principal
Estreno de la comedia inglesa "La herida del tiempo"
El tiempo, que según Shakespeare persigue al hombre, a juzgar por Goethe le agobia y con arreglo al pensamiento de Séneca le seduce a modo del más dulce y halagador sueño, sirve al autor de esta comedia estrenada ayer por la compañía del Teatro Nacional, para exponer la honda perturbación que aquél aporta a la familia Conways, escogida como prototipo de todas o casi todas, pues que la tesis que plantea, con poca diferencia fundamental, es moneda corriente en la sociedad moderna y hasta casi podríamos asegurar que en la antigua, con sólo cambiar lugar de acción y ambiciones, vicios o defectos de los protagonistas.
En el ánimo de todos los humanos está fresca siempre la herida que el tiempo va señalando en su tránsito por la tierra; sufre la fuerza de su gravedad el hombre potentado y el indigente, el que se considera sagaz o el sencillo y humilde, el que piensa bien o piensa mal, el que va con dios o contra El, aquel que enseña como el que aprende, el listo y el necio, el que acierta como el que yerra: todo es cuestión de sistema de norma, de medida, de dimensión. La herida se produce, en mayor o menor grado, en todos los seres y en todas las edades y ella señala una trayectoria bien definida al espíritu que escruta y analiza para bien seguir sus huellas o apartarse de su influjo. Para esto está la voluntad, la firmeza de carácter, la consciencia, el don del conocimiento psíquico.
Prietsley, que concibió "La herida del tiempo", pone de relieve en su obra ese principio, por cuanto lo exhibe en temperamentos tan opuestos como los de Marta y Alán, Diana y Carol, Kay y Robin, compendiadas y reunidas sus características en Mrs. Conway; hace una exposición prolija en detallismo, sin duda ambientada en el genuino humor británico y aborda resuelto las consecuencias que acarrea un fácil vidualismo exagerado que se apodera de todos hasta permitir el abandono de una madre y la ruina material de una casa, sin que surja la chispa reparadora de tamaña indiferencia, rayana en inconsciente maldad, en unos y en otros, estilizada indolencia, en olvida de los más elementales deberes de herencia y descendencia.
Hay momentos en la obra de verdadera valentía, sobre todo en el acto segundo, que revela extraordinarias facultades constructivas de teatro moderno; predomina el pensamiento, el espíritu, el cerebro, que vencen a la acción, un poco desairada con respecto a la altura intelectual del libro, y adquiere proporciones inusitadas lo episódico en la exposición, con lo que resulta en proporciones más gigantescas el fondo del tema que acuula en el acto mejor de la obra, el que hemos mencionado más arriba.
La comedia es, por lo tanto, merecedora de un examen minucioso, detallado, por las razones expuestas. Un elogio al adaptador, Luis Escobar.
Los intérpretes, a tono con el sentido de producción y con su nivel espiritual: Mercedes Albert, de gran belleza y exquisita feminidad; Diana Salcedo, posesión plena de facultades escénicas; Carmen Seco, humana y muy “señora”; María del Carmen Díaz de Mendoza, linda y delicada; Lola Alba, de firmes y robustos perfiles; Guillermo Marín, atinado en su difícil papel; Angel de Andrés, dinámico y jovial, y los demás, bien, todos bien, cada cual en su puesto y en su representado.
La presentación escénica, magnífica de tonalidades modernas. Fue, en resumen, un gran debut.
T. GOÑI DE AYALA.