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2009/04/02

EUSKALERRIA: Un pueblo: Oreja El 2 de abril de 1976 se podía leer esto en Unidad

EUSKALERRIA
Un pueblo: OREJA

Se está entonando ya el canto del cisne para algunos pueblos de Guipúzcoa. La transición para estos lugares y comunidades hacia un medio industrial, exigencia de los tiempos modernos, traumatiza de algún modo, y existe una evidente resistencia que parte de uan secular fisonomía rural que ha dado carácter a esos lugares y al hombre campesino, en los que, por determinadas circunstancias de emplazamiento, no son transferibles. Algo de esto ocurre con Oreja, cuyo problema ha sido esbozado en el último número de la publicación “Guipúzcoa”, que edita la Caja de Ahorros Provincial, L. de C.


"A Oreja se llega subiendo algo más de cuatro kilómetros, desde la carretera Tolosa – Pamplona, arrancando de Lizarza. Subida un tanto penosa por una carretera estrecha en malas condiciones. A medida que se asciende se abre en dos el monte, divisándose desde las primeras curvas parte de los caseríos que forman el lugar.

Oreja no presenta ninguna problemática que haya de ser afrontada. Hay, sólo, un problema de tiempo, una decantación sutil que hace que el pueblo, que sus gentes, inicien el descenso para empezar a no volver. Porque si Oreja hace cincuenta años tenía veinticuatro o veinticinco caseríos, y 200 habitantes, hoy son catorce –o quince, según otra indicación- con menos de 100 habitantes.

Para hablar o escribir de Oreja, no cabe hacerlo de otro modo que llegándose hasta allá. La observación, en lenta comparecencia, representa el único dato para decir algo que merezca la pena. Porque las referencias por otro lado, en las estadísticas o en la preocupación plasmada en otros medios donde se pudiera detectar la realidad de Oreja, constituye una inutilidad total para el afán de aprehender de alguna manera la vivencia de la localidad de Guipúzcoa con menos habitantes. Nos dijeron un día:

-Habría que decir algo sobre Oreja antes de que desaparezca.

Y estamos tratando de hacerlo.

A la llegada, impresiona una gran plaza rectangular con su "probatoki". Media docena de caseríos, con un buen aspecto exterior, la Casa Consistorial, la iglesia un poco más arriba, con síntomas de decadencia. Estamos que en el día de la Santa Cruz, titular de la parroquia, sonará un alborozo en el corazón del pueblo que si se arracima en un breve núcleo, se extiende más por las praderas donde se dibuja algún cultivo, pero donde crece sobre todo la hierba que es aprovechada por la ganadería. Quizás sea la fiesta de ese día, y el sol y la naturaleza vestida de verano, los alicientes se diría que únicos de Oreja, porque en el resto del año, como en el neblinoso día del otoño de 1975 en que viajamos para tomar el pulso, para levantar acta, se adueñó del ambiente un sirimiri pertinaz.

Llamamos en la puerta de un caserío. Nos recibe amable una joven mujer, seguramente la "etxekoandre". Preguntas de rigor, petición previa de disculpas.

-El alcalde vive un poco más abajo. El secretario del Ayuntamiento está en Lizarza. El cura es un coadjutor de Ibarra, y sólo viene al pueblo el sábado por la tarde y el domingo por la mañana, para celebrar.

Se nos indica el caserío de enfrente. Vive allí un concejal. Podía facilitarnos algún dato.

No está en la casa. Ha llegado ya de trabajar "en la calle" –como otros, como casi todos los varones de edad mediana que quedan, alternando el trabajo en la industria con el quehacer del caserío-, pero ha salido al campo y no volverá hasta dentro de algún tiempo.

Los pocos datos verificables son menos de los que uno pensaba. Y nos los suministraron las amables personas que empiezan por sorprenderse de que alguien de la ciudad, de Donosti, pueda interesarse por las gentes y las cosas de Oreja.

Tenemos la sensación, a medida que nos dirigimos al automóvil, que nos vamos de vacío. Pero antes de iniciar la vuelta damos con el alcalde que conduce una yunta de bueyes que tiran lentamente de un "burdi" cargado de estiércol.

-¿Qué quiere que le diga? El pueblo cada día está peor. Esto no tiene remedio. Somos pocos los que quedamos. Los jóvenes se van, unos para siempre, y otros regresan los sábados.

No hay tristeza ni apatía. Es una aceptación de los hechos. Un pueblo en la montaña, como un apéndice geográfico, que permanece invariable y riguroso dentro de una estructura rural. Se tiene la impresión que se ha detenido en el tiemo, y el silencio es espeso, roto solamente con el breve y estridente quejido de la carreta, como hace cincuenta años, como hace dos o tres siglos.

Oreja, un pueblo que desaparece siendo como fue y como es, sin que se haya transformado su fisonomía. Algo semejante ocure con otras localidades de esta provincia nuestra, avanzadilla de tantas cosas y guardadora fiel, para bien o para mal -¡quién sabe!- de restos de una realidad vieja, invariable y original. Original, sí, porque ahí donde encuentra el hombre euskaldun su partida de nacimiento, es donde permanece de algún modo la identidad del sujeto, y nada extraña que los hombres de la ciudad pensemos ya, casi con urgencia, el regreso a los orígenes como un fenómeno existencial de verificación del lugar –del espacio- y del tiempo que cada cual lleva en su estructura personal más ínitma.

Y en Oreja si desaparecen caseríos por una consunción –y por un proceso desintegrador del hombre rural y del propio pueblo que más tarde se hará reversible- comienzan a levantarse, antes un "chalet" ahora otro, para quienes están de vuelta en el camino y sientan acaso la necesidad de encontrarse a sí mismos.

Sin embargo, y volviendo a los habitantes de Oreja, quienes en otros tiempos no lejanos aún creían en los elementos mágicos, como fenómenos propios del medio rural, y algunas de cuyas costumbres perduran hoy día, se produce en este tiempo un hecho de gran significación y de indudable condicionamiento: la magia ahora les llega con la televisión, que permanece encendida de día y de noche, como una invasión que trastoca quizá profundamente la personalidad del campesino. Permanece el “cashero” lejos, apartado del mundo, pero con la presencia de otro mundo fascinante, nuevo y también quizás deletéreo por el salto sin transición de un medio rural a la imagen de una realidad fantasmagórica para la cual no sirven ya los amuletos que continúan aún en las puertas de los caseríos con el fin de ahuyentar los peligros.

Oreja está así. Y si sus habitantes se van, o se mueren, descuiden: otros encuentran la necesidad de asentarse sobre sus restos: es la vuelta del hombre a su lugar y a su tiempo."
Página 4 de Unidad del 2 de abril de 1976
Página 4 de Unidad del 2 de abril de 1976 (1,2 MB)

Estas y muchas otras historias de nuestro pasado en la Hemeroteca digital de la Biblioteca de KOLDO MITXELENA Kulturunea.
 
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